En 2007 seis ancianos octogenarios recibieron por parte de la Universidad de Iowa cerca de un millón de dólares en concepto de indemnización por los daños y trastornos sufridos siete décadas atrás en un espeluznante experimento que les dejaría secuelas psicológicas para el resto de sus vidas.
Pero esta media docena de damnificados eran los únicos que seguían con vida de los 22 niños huérfanos que en 1939 fueron sometidos a la crueldad de Wendell Johnson y su ayudante Mary Tudor.
El profesor Johnson estaba convencido de que la mayor parte de anomalías en el habla que podía padecer cualquier persona eran de carácter psicológicas y a través de un experimento que tuvo lugar entre enero y mayo de 1939 quiso demostrar que, después de unos meses de intensa terapia, un grupo de niños tartamudos terminarían hablando perfectamente y otro grupo de niños sanos lo haría teniendo dificultades en el habla.
